23 ago. 2012

PARA DISFRUTAR


A veces una piel es la única razón del optimismo
                                                                                                       Luis G. Montero
Debería llover                                                                               

y hace falta ser lluvia,

caer en los tejados y en las calles,

caer hasta que el aire ponga

ojos de cocodrilo

mientras muerde la tierra igual que una manzana,

caer sobre la tinta del periódico

y caer sobre ti

que no llevas paraguas,

que te llamas María y Almudena,

que piensas como abril

en hojas limpias bajo el sol de mayo.

A veces una piel

pudiera ser la única razón del optimismo.

ENTONCES ME BESASTE                    Raquel Lanseros


Por celebrar el cuerpo, tan hecho de presente
por estirar sus márgenes y unirlos
al círculo infinito de la savia
nos buscamos a tientas los contornos
para fundir la piel deshabitada
con el rumor sagrado de la vida.
Tú me miras colmado de cuanto forja el goce,
volcándome la sangre hacia el origen
y las ganas tomadas hasta el fondo.
No existe conjunción más verdadera
ni mayor claridad en la sustancia
de que estamos creados.
Esta fusión bendita hecha de entrañas,
la arteria permanente de la estirpe.
Sólo quien ha besado sabe que es inmortal.

LA MUJER HERIDA                                  Raquel Lanseros

Solamente si alguna vez amaste
con uñas y con dientes
sin red
sin salvavidas
aciertes a entender el vértigo insondable
que se extiende a los pies del desengaño.
Ella creyó encontrar la fuente del principio
cuando lo conoció, en medio de la tierra,
sin más escudo que su piel de hombre
bruñida por el sol igual que el oro viejo.
Lo amó sin precipicios ni preguntas
tiernamente, en silencio
con esa gratitud voluptuosa
que provoca la lluvia en primavera.
Todo era tan sencillo.
Los versos inflamados de poetas infinitos
parecían seguirla a todas partes
como si el corazón se hubiera convertido
en un fiel animal domesticado.
Porque no existe nada que perdure
una noche aprendió, como tantos lo hicieran
antes y después de ella,
que el amor es un río con cataratas propias
y remansos ajenos
que siempre desemboca en el océano.
Míralo de este modo: la vida te ha enseñado
siguiendo su costumbre de incansable maestra
cómo el alma dibuja
serenas cicatrices sobre viejas heridas.

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