3 ago. 2012

ME HAN REGALADO... (II)


Embriagaos de Charles Baudelaire
Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos. Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, diminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj, os contestarán: «¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis.»


Espantapájaros        de Oliverio Girondo

No sé,

me importa un pito que las mujeres

tengan los senos como magnolias

o como pasas de higo;

un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero,

al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco

o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz

que sacaría el primer premio

en una exposición de zanahorias;



¡pero eso sí!

-y en esto soy irreductible-

no les perdono,

bajo ningún pretexto,

que no sepan volar.

Si no saben volar

¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!



Esta fue -y no otra-

la razón de que me enamorase,

tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas

y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo

y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,

volaba de comedor a la despensa.

Volando me preparaba el baño, la camisa.

Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese,

volando, de algún paseo por los alrededores!

Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.

"¡María Luisa! !María Luisa!"...

y a los pocos segundos,

ya me abrazaba con sus piernas de pluma,

para llevarme, volando, a cualquier parte.



Durante kilómetros de silencio

planeábamos una caricia que nos aproximaba al

paraíso;

durante horas enteras nos anidábamos en una nube,

como dos ángeles, y de repente,

en tirabuzón, en hoja muerta,

el aterrizaje forzoso de un espasmo.



¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,

aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!

¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las

nubes...

la de pasarse las noches de un solo vuelo!



Después de conocer una mujer etérea,

¿puede brindarnos alguna clase de atractivos

una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay una diferencia sustancial

entre vivir con una vaca

o con una mujer que tenga las nalgas

a setenta y ocho centímetros del suelo?



Yo, por lo menos,

soy incapaz de comprender

la seducción de una mujer pedestre,

y por más empeño que ponga en concebirlo,

no me es posible ni tan siquiera imaginar

que pueda hacerse el amor más que volando.



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