8 feb. 2009

MARIO CRESPO, santanderino con mucho Saber

Se acabó el amor que no era amor, o tal vez lo era.
Éramos piedras al galope de sus ansias,
dos pájaros posados en la ramita bajo el aguacero.
Se acabó el amor al que no pusimos nombre sino una sombra azul.
Y él, que no tenía nombre, se nos fue entre los dedos.

Se acabó el impulso, la fe que nos llevaba hacia lo oculto
por el camino de los arbustos ardientes entre la hojarasca.
Se acabó la entraña mordaz que velaba nuestro sueño
como el olor del jazmín que el aire condena al olvido
y el viento desordena en su silencio.

Tú, que habitas mi recuerdo. Para ti escribo.
Tú, que desconocías el nombre de las flores
y sin embargo ponías al amante nombre.
Y sin letargo latías al borde del mundo,
junto a la belleza jamás quebrada y eterna.

(De "Plenilunio. En el territorio de la diosa blanca", 2006).

He vuelto a ti, mar de mis entrañas,
para velar tus orillas con el alma que me queda.

No me nombres de nuevo tu rigor
que ya nunca me habré de apartar de ti
ni habré de olvidar el agua que acarició mi muerte
y descansó en tu playa mi inocencia.

He vuelto a ti, mar de mis entrañas,
para enlazar mi verso con tu brisa,
ofrecerte la infancia de mis dedos corruptos.

Te traigo el salitre de los primeros días,
la incendiada verdad de mi mundo caduco.
Te traigo la rabia de ser hombre
y tener un alma que se agota en su carne.

Te traigo mi vida, la que tú convertiste en voz sin voz,
hasta esta orilla que piso, fría y dulce, sin saberlo.

Te traigo la tristeza de haber sido
y el canto aún más amargo
de no poder morirme y revivirme en tu bahía.

(De "Perfume para piedras", 2004)

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