Quizá sea el momento, me
decías,
de pintar niñas tristes.
Parado ahí de pié, mientras
detienes
las agujas del año que se
acaba
con una de tus manos y la
otra
tantea la culata del arma del
olvido,
sientes pasar el mundo y su
desorden.
Tus ojos miden sombras esta
noche
sin recordar ahora que, tras
ellas,
otros ojos fabulan laberintos
de deseos antiguos por
cumplir.
Y es preciso decirte que no
busques
cama y cuarto en la
desesperanza.
Que sigas combatiente, bien
plantado
en el centro del mundo, tan
alerta,
sosteniendo como el ángel que
eres
la serpiente del día por
venir,
curioso todavía como un niño
que descubre su imagen en las
aguas
y espera tercamente la luz y
la alegría.
De Trinidad Gan
DESAMANECER
A Mar, Josep Maria, Itaca, Marina.
El cuchillo insistente del canto del gallo
rompe mi noche incrustándose
-con plena alevosía- entre mi sueño.
No quiero despertarme
a pesar de su llamada
cada vez más viva,
y cada vez mi sueño es más fantástico,
delirante, inquieto y se llena
de figuras recortadas
sobre la franja mágica de luz
que sube desde el horizonte.
Así las cosas,
llega el momento inevitable
en que el sueño ya camina,
sonámbulo,
entre el griterío azul
de los pájaros.
Viva es, sí, la llamada del día,
pero los trasnochadores
preferimos la plata de los álamos
temblando en la ribera de la tarde.
¿Cuántas veces el gallo
habrá gritado: des-piér-ta-te?
Cuando al fin abro los ojos
juro que mi derrota no es definitiva:
señores gallos, señores pájaros,
lo siento, ha llegado la hora
de cerrar la ventana.
Suave es la noche
todavía.
EL AYER
El ayer que me hizo
no sé dónde está.
El que me deshizo, sí:
está aquí, conmigo,
presente todos los días.
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